12 de mayo Ascensión del Señor
El
Señor ha ascendido a los cielos, 352
dejando
tras de sí a los que anhelan su venida;
a
tu corazón y a tus ojos
los embarga una honda nostalgia,
pero
la felicidad de tu Hijo
También
te hace dichosa.
(Hacia
el Padre. P José Kentenich)
LA LITURGIA DE LA
La actual solemnidad litúrgica se funda en los relatos bíblicos del acontecimiento histórico ( Lc 24,50-53; Hch 1,1-12ss), con una doble proyección: Cristológica (exaltación de Cristo), y eclesiológica (la gloria alcanzada por la cabeza y participación por todo el Cuerpo primero en prenda y luego en plenitud).
El Misal actual ha enriquecido la liturgia de este día con la inclusión de un nuevo prefacio- que desarrolla teológicamente el misterio celebrado y la oración de poscomunión compuesta sobre la base de dos oraciones del sacramentario Veronense. Ls lecturas primeras y tercera se refieren al hecho histórico; la segunda expresa el dinamismo de la obra redentora de Cristo, en la mis,a línea que la oración colecta
Por nosotros resucitó y subió a Dios, que por lo tanto ya no está lejano.
BENEDICTO XVI REGINA CÆLI
Domingo 20 de mayo de
2012
Cuarenta días después de la Resurrección —según el libro de los Hechos de los Apóstoles—, Jesús sube al cielo, es decir, vuelve al Padre, que lo había enviado al mundo. En muchos países este misterio no se celebra el jueves, sino hoy, el domingo siguiente. La Ascensión del Señor marca el cumplimiento de la salvación iniciada con la Encarnación. Después de haber instruido por última vez a sus discípulos, Jesús sube al cielo (cf. Mc 16, 19). Él entretanto «no se separó de nuestra condición» (cf. Prefacio); de hecho, en su humanidad asumió consigo a los hombres en la intimidad del Padre y así reveló el destino final de nuestra peregrinación terrena. Del mismo modo que por nosotros bajó del cielo y por nosotros sufrió y murió en la cruz, así también por nosotros resucitó y subió a Dios, que por lo tanto ya no está lejano. San León Magno explica que con este misterio «no solamente se proclama la inmortalidad del alma, sino también la de la carne. De hecho, hoy no solamente se nos confirma como poseedores del paraíso, sino que también penetramos en Cristo en las alturas del cielo» (De Ascensione Domini, Tractatus 73, 2.4: ccl 138 a, 451.453). Por esto, los discípulos cuando vieron al Maestro elevarse de la tierra y subir hacia lo alto, no experimentaron desconsuelo, como se podría pensar; más aún, sino una gran alegría, y se sintieron impulsados a proclamar la victoria de Cristo sobre la muerte (cf. Mc 16, 20). Y el Señor resucitado obraba con ellos, distribuyendo a cada uno un carisma propio. Lo escribe también san Pablo: «Ha dado dones a los hombres... Ha constituido a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y doctores... para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que lleguemos todos... a la medida de Cristo en su plenitud» (Ef 4, 8.11-13).
Queridos amigos, la Ascensión nos dice que en Cristo nuestra humanidad es llevada a la altura de Dios; así, cada vez que rezamos, la tierra se une al cielo. Y como el incienso, al quemarse, hace subir hacia lo alto su humo, así cuando elevamos al Señor nuestra oración confiada en Cristo, esta atraviesa los cielos y llega a Dios mismo, que la escucha y acoge. En la célebre obra de san Juan de la Cruz, Subida del Monte Carmelo, leemos que «para alcanzar las peticiones que tenemos en nuestro corazón, no hay mejor medio que poner la fuerza de nuestra oración en aquella cosa que es más gusto de Dios; porque entonces no sólo dará lo que le pedimos, que es la salvación, sino aun lo que él ve que nos conviene y nos es bueno, aunque no se lo pidamos» (Libro III, cap. 44, 2, Roma 1991, 335).
Supliquemos, por último, a la Virgen María para que nos ayude a contemplar los bienes celestiales, que el Señor nos promete, y a ser testigos cada vez más creíbles de su Resurrección, de la verdadera vida.
Pero, aún más,es la fiesta de la nostalgia de Dios, de la nostalgia del cielo
Siervo de Dios, Mario HIriart Pulido. Diario
V-96,7.5.59)
La ascensión representa la coronación del triunfo de Jesucristo, y,
desde el punto de vista humano ,la nostagia de Dios.
… En ese día todo se centra en Él, todas las miradas convergen hacia
Él que se eleva desde el Monte de los
Olivos hacia el cielo, uniendo tierra y cielo a través De una línea muy sutil, pero real e
inquebrantable. Una línea que une la tierra con el cielo es el eje de las
miradas humanas..,
Pero, aún más,es la fiesta de la nostalgia de Dios, de la nostalgia del
cielo, completada, en tal sentido, por la Asunción. Cuando Cristo subió al
cielo, sus apóstoles y discípulos quedaron triste y con nostalgia de aquel día
en que también subirían al cielo a juntarse con Él: es la fuerza fuerza
atractiva de un gran amor . Sus ojos lo
buscaban aún entre las nubes, y puedo imaginarme que, cuando Él se elevaba poco
a poco, los brazos de muchos se alzaron a Él, como tratando de retenerlo o
pidiéndole que lo llevara consigo.
(Mario HIriart Diario V-96,7.5.59)
LAS NORMAS UNIVERSALES SOBRE
EL AÑO LITÚRGICO Y EL
NUEVO CALENDARIO ROMANO
GENERAL
7. Allí
donde las solemnidades de Epifanía, de la Ascensión y del Santísimo Cuerpo y
Sangre de Cristo no son de precepto, se celebrarán en un domingo como en día
propio, de este modo:
a) La
Epifanía, el domingo que cae entre el 2 y el 8 de enero.
b) La
Ascensión, el VII domingo de Pascua.
c) La
solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, el domingo después de la
Santísima Trinidad.
II. El tiempo pascual
22. Los
cincuenta días que van desde el domingo de Resurrección hasta el domingo de
Pentecostés han de ser celebrados con alegría y exultación como si se tratase
de un solo y único día festivo, más aún, como “un gran domingo” [12: San Atanasio,
Epist. fest. 1: PG 26, 1366.].
Estos
son los días en los que principalmente se canta el Aleluya.
23. Los
domingos de este tiempo son tenidos como domingos de Pascua y, después del
domingo de Resurrección, son denominados domingo II, III, IV, V, VI, VII de
Pascua; el domingo de Pentecostés clausura este sagrado tiempo de cincuenta
días.
24. Los
ocho primeros días del tiempo pascual constituyen la octava de Pascua y se
celebran como solemnidades del Señor.
25. A
los cuarenta días de Pascua se celebra la Ascensión del Señor, a no ser que se
haya trasladado al Vil domingo de Pascua, donde no sea día de precepto (cf. n.
7).
26. Las
ferias que van desde la Ascensión hasta el sábado antes de Pentecostés
inclusive preparan para la venida del Espíritu Santo.
La Ascensión en el Catecismo de la Iglesia Católica
663 Cristo, desde entonces, está sentado a la derecha del Padre: "Por derecha del Padre entendemos la gloria y el honor de la divinidad, donde el que existía como Hijo de Dios antes de todos los siglos como Dios y consubstancial al Padre, está sentado corporalmente después de que se encarnó y de que su carne fue glorificada" (San Juan Damasceno, Expositio fidei, 75 [De fide orthodoxa, 4, 2]: PG 94, 1104).
664 Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto del Hijo del hombre: "A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás" (Dn 7, 14). A partir de este momento, los Apóstoles se convirtieron en los testigos del "Reino que no tendrá fin" (Símbolo de Niceno-Constantinopolitano: DS 150).
668 "Cristo murió y
volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos" (Rm 14, 9). La Ascensión de Cristo al
Cielo significa su participación, en su humanidad, en el poder y en la
autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor: posee todo poder en los cielos y
en la tierra. El está "por encima de todo principado, potestad, virtud,
dominación" porque el Padre "bajo sus pies sometió todas las
cosas"(Ef 1, 20-22).
Cristo es el Señor del cosmos (cf. Ef 4, 10; 1 Co 15, 24. 27-28) y de la historia. En
Él, la historia de la humanidad e incluso toda la Creación encuentran su
recapitulación (Ef 1, 10),
su cumplimiento trascendente.
En el Credo de la Iglesia
Apostólico
D-7 1. Creo en Dios Padre omnipotente, creador del cielo y dela
tierra; 2. y en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor,
3. que fué concebido por obra del Espíritu Santo y nació de María Virgen,
4. padeció bajo Poncio Pilatos, fue crucificado, muerto y sepultado,descendió a
los infiernos, 5. al tercer día resucitó de entre los muertos, 6. subió a los cielos, está sentado a la diestra de
Dios Padre todopoderoso,7. desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los
muertos.
El Símbolo
Niceno (3)año 325
D-54 Creemos en un solo Dios Padre omnipotente, creador de todas las cosas,
de las visibles y de las invisibles; y en un solo Señor Jesucristo Hijo de Dios,
nacido unigénito del Padre, es decir, de la sustancia del Padre, Dios de Dios,
luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no hecho, consustancial
al Padre, por quien todas las cosas fueron hechas, las que hay en el cielo y
las que hay en la tierra, que por nosotros los hombres y por nuestra
salvación descendió y se encarnó, se hizo hombre, padeció, y resucitó
al tercer día, subió a los cielos, y ha de
venir a juzgar a los vivos y a los muertos. Y en el Espíritu Santo.
Símbolo
Niceno Constantinopolitano (2) año 381
D-86 Creemos en un solo Dios, Padre omnipotente, creador del cielo y
de la tierra, de todas las cosas visibles o invisibles. Y en un solo Señor
Jesucristo, el Hijo unigénito de Dios, nacido del Padre antes de todos los
siglos, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, nacido, no hecho, consustancial
con el Padre, por quien fueron hechas todas las cosas; que por nosotros los
hombres y por nuestra salvación descendió de los cielos y se encarnó por obra
del Espíritu Santo y de María Virgen, y se hizo hombre, y fué crucificado
por nosotros bajo Poncio Pilato y padeció y fué sepultado y resucitó al tercer
día según las Escrituras, y subió a los cielos,
y está sentado a la diestra del Padre, y otra vez ha de venir con gloria a
juzgar a los vivos y a los muertos; y su reino no tendrá fin. Y en el Espíritu
Santo, Señor y vivificante, que procede del Padre, que juntamente con el Padre
y el Hijo es adorado y glorificado, que habló por los profetas. En una sola
Santa Iglesia Católica y Apostólica.
Confesamos un solo bautismo para la remisión de los pecados.
Credo
del Pueblo de Dios
El texto
de la Profesión de fe que Pablo VI
pronunció el 30 de junio de 1968, al concluir el Año de la fe proclamado con
motivo del XlX centenario del martirio de los apóstoles Pedro y Pablo en Roma.
Creemos
en un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Creador de las cosas visibles
-como es este mundo en que pasamos nuestra breve vida- y de las cosas
invisibles - como son los espíritus puros, que llamamos también ángeles(1)- y
también Creador, en cada hombre, del alma espiritual e inmortal.
Creemos
que este Dios único es tan absolutamente uno en su santísima esencia como en
todas sus demás perfecciones: en su omnipotencia, en su ciencia infinita, en su
providencia, en su voluntad y caridad. Él es el que es, como él mismo reveló a
Moisés(2), él es Amor, como nos enseñó el apóstol Juan(3): de tal manera que
estos dos nombres, Ser y Amor, expresan inefablemente la misma divina esencia
de aquel que quiso manifestarse a si mismo a nosotros y que, «habitando la luz
inaccesible»(4), está en si mismo sobre todo nombre y sobre todas las cosas e
inteligencias creadas. Sólo Dios puede otorgarnos un conocimiento recto y pleno
de si mismo, revelándose a si mismo como Padre, Hijo y Espiritu Santo, de cuya
vida eterna estamos llamados por la gracia a participar, aquí, en la tierra, en
la oscuridad de la fe, y después de la muerte, en la luz sempiterna. Los
vínculos mutuos que constituyen a las tres personas desde toda la eternidad,
cada una de las cuales es el único y mismo Ser divino, son la vida íntima y
dichosa del Dios santísimo la cual supera infinitamente todo aquello que nosotros
podemos entender de modo humano(5). Sin embargo, damos gracias a la divina
bondad de que tantísimos creyentes puedan testificar con nosotros ante los
hombres la unidad de Dios, aunque no conozcan el misterio de la Santísima
Trinidad.
Creemos,
pues, en Dios, que en toda la eternidad engendra al Hijo; creemos en el Hijo,
Verbo de Dios, que es engendrado desde la eternidad; creemos en el Espíritu
Santo, persona increada, que procede del Padre y del Hijo como Amor sempiterno
de ellos. Así, en las tres personas divinas, que son eternas entre sí e iguales
entre sí(6), la vida y la felicidad de Dios enteramente uno abundan sobremanera
y se consuman con excelencia suma y gloria propia de la esencia increada; y
siempre «hay que venerar la unidad en la trinidad y la trinidad en la unidad»(7).
Creemos
en nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios. El es el Verbo eterno, nacido del
Padre antes de todos los siglos y consustancial al Padre, u homoousios to Patri(8);
por quien han sido hechas todas las cosas. Y se encarnó por obra del Espíritu
Santo, de María la Virgen, y se hizo hombre: igual, por tanto, al Padre según
la divinidad, menor que el Padre según la humanidad, completamente uno, no por
confusión (que no puede hacerse) de la sustancia, sino por unidad de la persona
(9).
Él mismo
habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad. Anunció y fundó el reino de
Dios, manifestándonos en sí mismo al Padre. Nos dio su mandamiento nuevo de que
nos amáramos los unos a los otros como él nos amó. Nos enseñó el camino de las
bienaventuranzas evangélicas, a saber: ser pobres en espíritu y mansos, tolerar
los dolores con paciencia, tener sed de justicia, ser misericordiosos, limpios
de corazón, pacíficos, padecer persecución por la justicia. Padeció bajo Poncio
Pilato; Cordero de Dios, que lleva los pecados del mundo, murió por nosotros
clavado a la cruz, trayéndonos la salvación con la sangre de la redención. Fue
sepultado, y resucitó por su propio poder al tercer día, elevándonos por su
resurrección a la participación de la vida divina, que es la gracia. Subió al cielo, de
donde ha de venir de nuevo, entonces con gloria, para juzgar a los vivos y a
los muertos, a cada uno según los propios méritos: los que hayan
respondido al amor y a la piedad de Dios irán a la vida eterna, pero los que
los hayan rechazado hasta el final serán destinados al fuego que nunca cesará.
Y su reino no tendrá fin.
Creemos
en el Espíritu Santo, Señor y vivificador que, con el Padre y el Hijo, es
juntamente adorado y glorificado. Que habló por los profetas; nos fue enviado
por Cristo después de su resurrección y ascensión al Padre; ilumina, vivifica,
protege y rige la Iglesia, cuyos miembros purifica con tal que no desechen la gracia.
Su acción, que penetra lo íntimo del alma, hace apto al hombre de responder a
aquel precepto de Cristo: «Sed perfectos como también es perfecto vuestro Padre
celeste»(10).
Creemos
que la Bienaventurada María, que permaneció siempre Virgen, fue la Madre del
Verbo encarnado, Dios y Salvador nuestro, Jesucristo(11) y que ella, por su
singular elección, en atención a los méritos de su Hijo redimida de modo más
sublime(12), fue preservada inmune de toda mancha de culpa original(13) y que
supera ampliamente en don de gracia eximia a todas las demás criaturas(14).
Ligada
por un vínculo estrecho e indisoluble(15) al misterio de la encarnación y de la
redención, la Beatísima Virgen María, Inmaculada, terminado el curso de la vida
terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste(16), y hecha
semejante a su Hijo, que resucitó de los muertos, recibió anticipadamente la
suerte de todos los justos; creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva,
Madre de la Iglesia(17), continúa en el cielo ejercitando su oficio materno con
respecto a los miembros de Cristo, por el que contribuye para engendrar y
aumentar la vida divina en cada una de las almas de los hombres redimidos(18).
Creemos
que todos pecaron en Adán, lo que significa que la culpa original cometida por
él hizo que la naturaleza, común a todos los hombres, cayera en un estado tal
en el que padeciese las consecuencias de aquella culpa. Este estado ya no es
aquel en el que la naturaleza humana se encontraba al principio en nuestros
primeros padres, ya que estaban constituidos en santidad y justicia, y en el
que el hombre estaba exento del mal y de la muerte. Así, pues, esta naturaleza
humana, caída de esta manera destituida del don de la gracia del que antes
estaba adornada, herida en sus mismas fuerzas naturales y sometida al imperio
de la muerte, es dada a todos los hombres; por tanto, en este sentido, todo
hombre nace en pecado. Mantenemos, pues, siguiendo el concilio de Trento, que
el pecado original se transmite, juntamente con la naturaleza humana, «por
propagación, no por imitación», y que «se halla como propio en cada uno»(19).
Creemos
que nuestro Señor Jesucristo nos redimió, por el sacrificio de la cruz, del
pecado original y de todos los pecados personales cometidos por cada uno de
nosotros, de modo que se mantenga verdadera la afirmación del Apóstol: «Donde
abundó el pecado sobreabundó la gracia»(20).
Confesamos
creyendo un solo bautismo instituido por nuestro Señor Jesucristo para el
perdón de los pecados. Que el bautismo hay que conferirlo también a los niños,
que todavía no han podido cometer por sí mismos ningún pecado, de modo que,
privados de la gracia sobrenatural en el nacimiento nazcan de nuevo, «del agua
y del Espíritu Santo», a la vida divina en Cristo Jesús(21).
Creemos
en la Iglesia una, santa, católica y apostólica, edificada por Jesucristo sobre
la piedra, que es Pedro. Ella es el Cuerpo místico de Cristo, sociedad visible,
equipada de órganos jerárquicos, y, a la vez, comunidad espiritual; Iglesia
terrestre, Pueblo de Dios peregrinante aquí en la tierra e Iglesia enriquecida
por bienes celestes, germen y comienzo del reino de Dios, por el que la obra y
los sufrimientos de la redención se continúan a través de la historia humana, y
que con todas las fuerzas anhela la consumación perfecta, que ha de ser
conseguida después del fin de los tiempos en la gloria celeste(22). Durante el
transcurso de los tiempos el Señor Jesús forma a su Iglesia por medio de los
sacramentos, que manan de su plenitud(23). Porque la Iglesia hace por ellos que
sus miembros participen del misterio de la muerte y la resurrección de
Jesucristo, por la gracia del Espíritu Santo, que la vivifica y la mueve(24).
Es, pues, santa, aunque abarque en su seno pecadores, porque ella no goza de
otra vida que de la vida de la gracia; sus miembros, ciertamente, si se
alimentan de esta vida, se santifican; si se apartan de ella, contraen pecados
y manchas del alma que impiden que la santidad de ella se difunda radiante. Por
lo que se aflige y hace penitencia por aquellos pecados, teniendo poder de
librar de ellos a sus hijos por la sangre de Cristo y el don del Espíritu
Santo.
Heredera
de las divinas promesas e hija de Abrahán según el Espíritu, por medio de aquel
Israel, cuyos libros sagrados conserva con amor y cuyos patriarcas y profetas
venera con piedad; edificada sobre el fundamento de los apóstoles, cuya palabra
siempre viva y cuyos propios poderes de pastores transmite fielmente a través
de los siglos en el Sucesor de Pedro y en los obispos que guardan comunión con
él; gozando finalmente de la perpetua asistencia del Espiritu Santo, compete a
la Iglesia la misión de conservar, enseñar, explicar y difundir aquella verdad
que, bosquejada hasta cierto punto por los profetas, Dios reveló a los hombres
plenamente por el Señor Jesús.
Nosotros
creemos todas aquella cosas que se contienen en la palabra de Dios escrita o
transmitida y son propuestas por la Iglesia, o con juicio solemne, o con
magisterio ordinario y universal, para ser creídas como divinamente reveladas(25).
Nosotros creemos en aquella infalibilidad de que goza el Sucesor de Pedro
cuando habla ex cathedra(26) y que reside también en el Cuerpo de los obispos
cuando ejerce con el mismo el supremo magisterio(27).
Nosotros
creemos que la Iglesia, que Cristo fundó y por la que rogó, es sin cesar una
por la fe, y el culto, y el vinculo de la comunión jerárquica. La abundantisima
variedad de ritos litúrgicos en el seno de esta Iglesia o la diferencia
legitima de patrimonio teológico y espiritual y de disciplina peculiares no
sólo no dañan a la unidad de la misma, sino que más bien la manifiestan(28).
Nosotros
también, reconociendo por una parte que fuera de la estructura de la Iglesia de
Cristo se encuentran muchos elementos de santificación y verdad, que como dones
propios de la misma Iglesia empujan a la unidad católica(29), y creyendo, por
otra parte, en la acción del Espíritu Santo, que suscita en todos los
discípulos de Cristo el deseo de esta unidad(30), esperamos que los cristianos
que no gozan todavía de la plena comunión de la única Iglesia se unan
finalmente en un solo rebaño con un solo Pastor.
Nosotros
creemos que la Iglesia es necesaria para la salvación. Porque sólo Cristo es el
Mediador y el camino de la salvación que, en su Cuerpo, que es la Iglesia(31)
se nos hace presente. Pero el propósito divino de salvación abarca a todos los
hombres: y aquellos que, ignorando sin culpa el Evangelio de Cristo y su
Iglesia, buscan, sin embargo, a Dios con corazón sincero y se esfuerzan, bajo
el influjo de la gracia, por cumplir con obras su voluntad, conocida por el
dictamen de la conciencia, ellos también, en un número ciertamente que sólo
Dios conoce, pueden conseguir la salvación eterna(32).
Nosotros
creemos que la misa que es celebrada por el sacerdote representando la persona
de Cristo, en virtud de la potestad recibida por el sacramento del orden, y que
es ofrecida por él en nombre de Cristo y de los miembros de su Cuerpo místico,
es realmente el sacrificio del Calvario, que se hace sacramentalmente presente en
nuestros altares. Nosotros creemos que, como el pan y el vino consagrados por
el Señor en la última Cena se convirtieron en su cuerpo y su sangre, que en
seguida iban a ser ofrecidos por nosotros en la cruz, así también el pan y el
vino consagrados por el sacerdote se convierten en el cuerpo y la sangre de
Cristo, sentado gloriosamente en los cielos; y creemos que la presencia
misteriosa del Señor bajo la apariencia de aquellas cosas, que continúan
apareciendo a nuestros sentidos de la misma manera que antes, es verdadera,
real y sustancial(33). En este sacramento, Cristo no puede hacerse presente de
otra manera que por la conversión de toda la sustancia del pan en su cuerpo y
la conversión de toda la sustancia del vino en su sangre, permaneciendo solamente
íntegras las propiedades del pan y del vino, que percibimos con nuestros
sentidos. La cual conversión misteriosa es llamada por la Santa Iglesia
conveniente y propiamente transustanciación. Cualquier interpretación de
teólogos que busca alguna inteligencia de este misterio, para que concuerde con
la fe católica, debe poner a salvo que, en la misma naturaleza de las cosas,
independientemente de nuestro espiritu, el pan y el vino, realizada la
consagración, han dejado de existir, de modo que, el adorable cuerpo y sangre
de Cristo, después de ella, están verdaderamente presentes delante de nosotros
bajo las especies sacramentales del pan y del vino(34), como el mismo Señor
quiso, para dársenos en alimento y unirnos en la unidad de su Cuerpo mistico(35).
La única e indivisible existencia de Cristo, el Señor glorioso en los cielos,
no se multiplica, pero por el sacramento se hace presente en los varios lugares
del orbe de la tierra, donde se realiza el sacrificio eucarístico La misma
existencia, después de celebrado el sacrificio, permanece presente en el
Santísimo Sacramento, el cual, en el tabernáculo del altar, es como el corazón
vivo de nuestros templos. Por lo cual estamos obligados, por obligación
ciertamente suavisima, a honrar y adorar en la Hostia Santa que nuestros ojos
ven, al mismo Verbo encarnado que ellos no pueden ver, y que, sin embargo, se
ha hecho presente delante de nosotros sin haber dejado los cielos.
Confesamos
igualmente que el reino de Dios, que ha tenido en la Iglesia de Cristo sus comienzos
aquí en la tierra, no es de este mundo, cuya figura pasa, y también que sus
crecimientos propios no pueden juzgarse idénticos al progreso de la cultura de
la humanidad o de las ciencias o de las artes técnicas, sino que consiste en
que se conozcan cada vez más profundamente las riquezas insondables de Cristo,
en que se ponga cada vez con mayor constancia la esperanza en los bienes
eternos, en que cada vez más ardientemente se responda al amor de Dios;
finalmente, en que la gracia y la santidad se difundan cada vez más
abundantemente entre los hombres. Pero con el mismo amor es impulsada la
Iglesia para interesarse continuamente también por el verdadero bien temporal
de los hombres. Porque, mientras no cesa de amonestar a todos sus hijos que no
tienen aquí en la tierra ciudad permanente, los estimula también, a cada uno
según su condición de vida y sus recursos, a que fomenten el desarrollo de la
propia ciudad humana, promuevan la justicia, la paz y la concordia fraterna
entre los hombres y presten ayuda a sus hermanos, sobre todo a los más pobres y
a los más infelices. Por lo cual, la gran solicitud con que la Iglesia Esposa
de Cristo, sigue de cerca las necesidades de los hombres, es decir, sus
alegrías y esperanzas, dolores y trabajos, no es otra cosa sino el deseo que la
impele vehementemente a estar presente a ellos, ciertamente con la voluntad de
iluminar a los hombres con la luz de Cristo, y de congregar y unir a todos en
aquel que es su único Salvador. Pero jamás debe interpretarse esta solicitud como
si la Iglesia se acomodase a las cosas de este mundo o se resfriase el ardor
con que ella espera a su Señor y el reino eterno.
Creemos
en la vida eterna. Creemos que las almas de todos aquellos que mueren en la
gracia de Cristo -tanto las que todavía deben ser purificadas con el fuego del
purgatorio como las que son recibidas por Jesús en el paraíso en seguida que se
separan del cuerpo, como el Buen Ladrón- constituyen el Pueblo de Dios después
de la muerte, la cual será destruida totalmente el día de la resurrección, en
el que estas almas se unirán con sus cuerpos.
Creemos
que la multitud de aquellas almas que con Jesús y Maria se congregan en el
paraíso, forma la Iglesia celeste, donde ellas, gozando de la bienaventuranza
eterna, ven a Dios, como Él es(36) y participan también, ciertamente en grado y
modo diverso, juntamente con los santos ángeles, en el gobierno divino de las
cosas, que ejerce Cristo glorificado, como quiera que interceden por nosotros y
con su fraterna solicitud ayudan grandemente nuestra flaqueza(37).
Creemos
en la comunión de todos los fieles cristianos, es decir, de los que peregrinan
en la tierra, de los que se purifican después de muertos y de los que gozan de
la bienaventuranza celeste, y que todos se unen en una sola Iglesia; y creemos
igualmente que en esa comunión está a nuestra disposición el amor
misericordioso de Dios y de sus santos, que siempre ofrecen oídos atentos a
nuestras oraciones, como nos aseguró Jesús: Pedid y recibiréis(38). Profesando
esta fe y apoyados en esta esperanza, esperamos la resurrección de los muertos
y la vida del siglo venidero.
Bendito
sea Dios, santo, santo, santo. Amén.
Notas
(1) Cf. Denzinger-Schonmetzar 3002.
(2) Cf. Ex 3,14.
(3) Cf.1 Jn 4,8.
(4)Cf.lTimó,16.
(5) Cf. Denzinger-Schoometzar 804.
(6) Cf. Denzinger-Schonmetzar 75.
(7) Cf. Denzinger-Schonmetzar 75.
(8) Cf. Denzinger-Schonmetzer 150.
(9) Cf. Denzinger-Schoometzar 76.
(10) Cf. Mt 5,48
(11) Cf. Denzinger-Schonmetzer 251-252.
(12) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmática Lumen gentium, 53.
(13) Cf. Denainger-Schonmetzar 2803.
(14) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmática Lumen gentinm, 53.
(15) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmática Lumen gentiam, 53,58,61.
(16) Cf. Denzinger-Schonmetzer 3903.
(17) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmática Lumen gentium, 53,56,61,63; cf, Pablo Vl Allocutio in conclusione lIl Sessionis Concilii Vaticani II, en Acta Apostalicae Sedis 56,1964, p. 1016; exhortación apostólica Signum magnum. Introducción.
(18) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmática Lumen gentium 62; Pablo Vl, exhortación apostó- lica Signum magnum, p.1, n.1.
(19) Cf.Denzinger-Schonmetzar 1513.
(20) Cf. Rom 5,20.
(21) Cf. Denzinger-Schonmetzar 1514.
(22) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmática Lumen gentium, 8 y 50.
(23) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmática Lumen gentium, 7,11.
(24) Cf. Concilio Vaticano II, constitución Sacrosanctam Concilium, 5, 6; Concilio Vaticano II, consti- tución dogmática Lumen gentium,7, 12, 50.
(25) Cf. Denzinger-Schoometzer 3011.
(26) Cf. Denainger-Schonmetzar 3074.
(27) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmática Lumen gentium, 25.
(28) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmática Lumen gentium, 23. Cf. Concilio Vaticano II, de- creto Orientalium Ecclesiarum, 2,3,5, 6.
(29) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmática Lumen gentium,8.
(30) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmática Lumen gentium,15.
(31) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmática Lumen gentium,14.
(32) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmática Lumen gentium,16.
(33) Cf. Denzinger-Schonmetzer 1651.
(34) Cf. Denzinger-Schonmetzar 1642, 1651-1654; Pablo Vl, carta encíclica Mysterium fidei.
(35) Cf. Santo Tomás, Summa Theologica III,73,3.
(36) Cf. 1 Jn 3, 2; Denzinger-Schonmetzar 1000.
(37) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmática Lumen gentium, 49 (38) Cf. Lc 11,9-10; Jn 16,24.
(1) Cf. Denzinger-Schonmetzar 3002.
(2) Cf. Ex 3,14.
(3) Cf.1 Jn 4,8.
(4)Cf.lTimó,16.
(5) Cf. Denzinger-Schoometzar 804.
(6) Cf. Denzinger-Schonmetzar 75.
(7) Cf. Denzinger-Schonmetzar 75.
(8) Cf. Denzinger-Schonmetzer 150.
(9) Cf. Denzinger-Schoometzar 76.
(10) Cf. Mt 5,48
(11) Cf. Denzinger-Schonmetzer 251-252.
(12) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmática Lumen gentium, 53.
(13) Cf. Denainger-Schonmetzar 2803.
(14) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmática Lumen gentinm, 53.
(15) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmática Lumen gentiam, 53,58,61.
(16) Cf. Denzinger-Schonmetzer 3903.
(17) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmática Lumen gentium, 53,56,61,63; cf, Pablo Vl Allocutio in conclusione lIl Sessionis Concilii Vaticani II, en Acta Apostalicae Sedis 56,1964, p. 1016; exhortación apostólica Signum magnum. Introducción.
(18) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmática Lumen gentium 62; Pablo Vl, exhortación apostó- lica Signum magnum, p.1, n.1.
(19) Cf.Denzinger-Schonmetzar 1513.
(20) Cf. Rom 5,20.
(21) Cf. Denzinger-Schonmetzar 1514.
(22) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmática Lumen gentium, 8 y 50.
(23) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmática Lumen gentium, 7,11.
(24) Cf. Concilio Vaticano II, constitución Sacrosanctam Concilium, 5, 6; Concilio Vaticano II, consti- tución dogmática Lumen gentium,7, 12, 50.
(25) Cf. Denzinger-Schoometzer 3011.
(26) Cf. Denainger-Schonmetzar 3074.
(27) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmática Lumen gentium, 25.
(28) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmática Lumen gentium, 23. Cf. Concilio Vaticano II, de- creto Orientalium Ecclesiarum, 2,3,5, 6.
(29) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmática Lumen gentium,8.
(30) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmática Lumen gentium,15.
(31) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmática Lumen gentium,14.
(32) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmática Lumen gentium,16.
(33) Cf. Denzinger-Schonmetzer 1651.
(34) Cf. Denzinger-Schonmetzar 1642, 1651-1654; Pablo Vl, carta encíclica Mysterium fidei.
(35) Cf. Santo Tomás, Summa Theologica III,73,3.
(36) Cf. 1 Jn 3, 2; Denzinger-Schonmetzar 1000.
(37) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmática Lumen gentium, 49 (38) Cf. Lc 11,9-10; Jn 16,24.
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